Juan Carlos Olivas (Costa Rica)

Juan Carlos Olivas (Costa Rica)

 
 

Se desenvuelve como profesor y poeta, es merecedor de precios como. UNA-Palabra de poesía 2011, el Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2013, el Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2017, de Ecuador, entre otros y ha publicado varios títulos de poesía, entre los más recientes: El señor Pound (2015), El Manuscrito(2016) y En honor del delirio (2017).

Su primer encuentro con la poesía es el libro “Vórtices” de Jorge Debravo y así nace su amor por la literatura. Vive la poesía como una forma de estar en el mundo y de tal manera se entrega a la misma: “Camino junto a mi hijo/ por el cementerio de Harleigh”.
Sus versos se perciben como largas discusiones que envuelven a los lectores indefinidamente produciendo una disputa apasionada e interna. “Un día hablaré de ti y no me creerán,/ un día dirás mi nombre/ y se echarán a reír./ Pero vendrán las lavas/ y de nuevo tus ojos/ me harán creer/ en la ceniza”.

Una voz del todo original, una obra poética llena de imágenes y metáforas, lírica que fluye en las estructuras de sus textos: “En el sendero, por cada paso que doy/mi hijo da tres pasos/no sabe que el tiempo es un compás/y que los años cambian los roles de los músicos/como cambia de ritmo/el paso del caminante”. El eco de sus poemas despierta el espíritu sobre la base de su eje de escritura: La muerte, el amor y el tiempo.

Evoluciona de manera original el peso del tiempo, la sed de amor y el rodeo de la muerte en una eterna búsqueda. Por medio de su obra, Juan Carlos confirma la conexión directa entre la palabra y el universo, la fe –no religiosa, sino poética- y abre un telón a sus lectores para reflexionar: “La Tormenta se dirige hacia nosotros./ Todo poema es un naufragio”.

Rocio Bolanos

 
 
 
 
Ars poética
 
Cuando vas cruzando un desierto
y alguien con sus manos
se acerca y te ofrece un poco de agua,
no le preguntas a ese errante
de cuál pozo de inviernos
ha obtenido esa magia,
simplemente lo aceptas,
lo bebes,
y te sacias.
No vaya a ser que todo sea un espejismo
y el polvo que ya eres
se deshaga en la arena.
 
 
 
 
 
 
HALLAZGO EN ALTAMIRA
 
Le hablo al hombre
que dibuja bisontes
en la cueva de Altamira.
 
Le digo que se detenga,
que no vale la pena
dejar registro
de existencia humana alguna,
que los cazadores
nos cazamos a nosotros mismos,
que fracasamos en un intento de futuro,
que no aprendimos a remendar
las hilachas del corazón
y a la forma del círculo
solo la utilizamos
para forjar monedas.
 
Le insisto en que no somos dignos
de contar nuestra historia,
que dejamos sobre mesas de fuego
el papel de la creencia,
de lo que conscientemente
nos hacía discernir
entre un atardecer
o el incendio en la casa de la misericordia.
 
Le digo que ya basta,
que no se atreva,
que para qué tanta lata
en sobrevivir más allá de la memoria.
 
Pero el hombre de Altamira me da la espalda,
finge no escucharme, no saber que estoy ahí,
y sigue dibujando
sus bisontes.
 
 
 
 
 
 
Tanatosis (o el arte de hacerse el muerto)
 
Sentado en la mecedora
del patio de mi casa leo a Cioran,
a Borges, a los poetas chinos
de una dinastía de casi 2000 años atrás.
La belleza aún sigue latente en sus textos,
también el hastío, lo solitario y lo abyecto
que se traduce en las sílabas que conforman mi mundo.
Estos poetas tuvieron pánico a la muerte.
 
Me pregunto si hay dolor, si vienen por nosotros,
si uno sube y desciende por un túnel escarchado
en la más fiera luz que hayamos visto,
si se siente el frío que dicen que se siente
o es como quedarse dormido
entre lunas de espuma y sábanas de opio.
 
Yo también viví mis días
como si nunca fuera a morir
y ahí estuvo el error.
 
Escribí porque tuve miedo y arrogancia
y ahora la verdad me golpea
como un trapo en la cara;
quizás no viví lo suficiente,
quizás me fui perdiendo
en el bosque sagrado de la procrastinación,
dejando para última hora las cosas esenciales:
mi hijo que sopla un diente de león,
el vecino que grita gol desde lo eterno,
la canción que mi esposa tararea,
el hombre o la mujer que cede ante la noche
y lee a Cioran, a Borges, a los chinos,
un libro de poesía
como un paliativo real
contra la muerte.
 
 
 
 
 
 
La puerta frente al mar
 
Detrás de esa puerta
ella aún escucha el crujido de las olas.
Cree que es un león que ha sido herido
por un rayo de melancolía.
 
Ella habla en voz baja
de cosas que llevan su verdad
a lomos de una bestia sin nombre,
puede que sea una trampa
el bramido del mar
y que alguien la esté llamando a la puerta.
 
Aún así es invierno
y ella no se atreve a tocarla todavía,
sino que imagina los faros de la desolación,
su hora futura frente a la arena tibia,
como una madona que recoge su canto del olvido
y empieza a recapitular
aquel idioma de orquídeas,
la brisa de una fabulación que repetía
el placer de la carne de sus amantes muertos,
el origen del dolor entre su pecho
y esa puerta que frente al mar se mantenía,
como un punto lejano que los viajeros miran
cuando tienen tristeza.
 
Y es que el tiempo ya ha urdido
sus gaviotas en la brisa,
y por debajo de la puerta
el sol ha rasgado su imperio;
alguien ha llegado y ruge frente al faro,
el alba bebe la sangre del león
y a pesar de que ahora
ella ha puesto barro en sus oídos,
detrás de esa puerta escucha un manojo de llaves
como gaviotas negras:
la memoria sin más abre sus brazos
y alguien gira al fin la cerradura.
 
 
 
 

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